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  La Globalización
    El nuevo orden mundial trastoca todos los escenarios de la vida humana. Desde su imperativo máximo, una concepción global de mercado y la internacionalización de los procesos productivos hasta el quehacer cotidiano. El empresario del siglo XXI se enfrenta a un comercio mundial, quiéralo o no.



Aún en el pueblo más pequeño y escondido del mundo el habitante, el productor y comerciante local ya no construyen solos su realidad. Sin saberlo, poco a poco la globalización toca sus puertas incidiendo en sus relaciones comerciales, sociales, culturales y personales.

Mc Luhan, uno de los teóricos modernos de la globalización, con las consecuencias que atrae, definió que “el Mundo se ha convertido en Aldea Global, en la que los individuos no han cambiado externamente pero pueden comunicarse en segundos a los lugares más distantes del planeta”.
“El producto que se consume puede estar siendo financiado por un país, diseñado y programado en otro y fabricado por un tercero, distribuido desde un cuarto país y vendido en todas las ciudades de la tierra”.

Esta ejemplificación demuestra el alcance real de las nuevas relaciones económicas de poder: la nueva fase de la internacionalización de los procesos productivos.
Personas de cualquier lugar del mundo pueden trabajar en un mismo producto; es decir, la competencia está tanto a la vuelta de la esquina como en el otro lado del mundo.

Para entender de una manera más sistémica la globalización y sus características, es necesario indicar que hasta ahora no existe una definición precisa y única referente al tema.

Sin embargo, en función de sus orígenes, la globalización es entendida como un proceso de interconexión-interdependencia mundial que afecta diversas escalas de la vida humana (económico, tecnológico, político, cultural, cotidianidad).

En el ámbito económico, el más importante de la globalización y sobre el cual se funda, supone una concepción del mundo y de las relaciones entre los sujetos como mercado, es decir, las leyes del mercado son las que dominan.

Para este fin, la apertura comercial y la eliminación arancelaria, viabilizadas por los distintos Tratado de Libre Comercio regionales y continentales, constituyen la principales herramientas para la nueva internacionalización de los procesos productivos. En este sentido, el comercio internacional representa para todos las naciones un sustento básico de sobrevivencia económica mundial.

La acumulación de capital, se ve reafianzada y relocalizada en todo el mundo. Las grandes empresas transnacionales concentran cada vez más la producción; en contraparte, aunque no es la regla, varias empresas nacionales comienzan alcanzar grandes márgenes de competitividad internacional, asumiendo fuertes sumas de capital.

Además, la globalización ha posibilitado una perfecta movilidad del capital, ahora, el capital financiero prima sobre el capital mercantil, principalmente en los estados industrializados.

Un aspecto fundamental de la nueva economía mundial es la relocalización de las actividades productivas dentro de la dinámica de apertura comercial, que reorganiza los procesos para producir y vender en condiciones de competitividad internacional.
Aquí, ya no es importante la cercanía a los grandes mercados nacionales, por lo tanto la tendencia empresarial no es a centralizar las actividades productivas en torno al espacio geográfico cercano, sino redistribuir los procesos a escala mundial. Esto implica situarse cerca de los factores que permitan obtener ventajas competitivas como insumos, mano de obra calificada, infraestructura, economías de escala, cadenas de valor, desarrollo de tecnología, etc.

La inversión extranjera directa (IED), se ha triplicado con creces entre 1988 y 1998, pasando de US$ 192.000 millones a US$ 610.000 millones. Los países desarrollados y en vías de desarrollo han sido los más aventajados.

En el ámbito tecnológico, otro pilar de la globalización, ha instaurado una nueva sociedad del conocimiento, imprimiendo un acercamiento entre las personas y modificando la relación de las personas con el objeto \"información\" y con las demás personas.

La ciencia y la tecnología desarrolladas en los grandes países, avanzan a pasos agigantados, repercutiendo en las formas productivas, las relaciones de trabajo y de poder. En la cotidianidad del hombre, las barreras Distancia y Diferencia están cambiando sustantivamente. Ahora, desde cualquier punto del planeta una persona puede hablar con alguien, enviar una información X, realizar transacciones financieras, supervisar procesos, etc, todo al mismo tiempo.

Respecto al ámbito cultural, este nuevo orden mundial ha generado por una parte la pérdida de metarelatos y por otra el aceleramiento de la vida cotidiana.

La historia, el mito, el gran relato particular de cada una de las culturas del mundo, lo que les diferencia y les hace grandes, van desapareciendo ante el gran relato universal: el de la información y la comunicación, de las redes telemáticas.
El ser humano es ubicuo, es decir, puede ser localizado sin ningún problema; vive un aceleramiento en su cotidianidad, producto de los procesos económicos, culturales, familiares y laborales. La productividad es el principal fin.

Las identidades locales por un lado, se ven transformadas ante “la nueva aldea global”. Los hábitos, los deseos, las conductas, la misma información y conocimiento del entorno son desplazados por la homogeneidad, por lo global. Sin embargo, a pesar de que la globalización en sí es feroz y arrasadora, la gente común aún se arraiga a ciertas manifestaciones de identidad.

Los efectos culturales precedentes, que son los más visibles dentro de la gama de consecuencias, son indicadores de que no es tan perfecta la globalización por sí sola, ni constituye la gran panacea.

A esto cabe anotar, que la globalización no es una tendencia totalmente nueva. De hecho, es una constante en la historia de la humanidad, desde las épocas más remotas a medida que los actores productivos se esparcieron por el mundo, estableciendo relaciones económicas cada vez más amplias y complejas (1).

Fuera de las nuevas condiciones de producción y de relación humana ya referidas, el problema de la globalización no radica en el establecimiento de relaciones comerciales o de integración, sino en las formas desiguales en que éstas se desarrollan.

La apertura comercial no unifica equitativamente a todos los mercados, al desgravar aranceles solo a unos productos, y a otros no. Los países desarrollados se protegen a pesar de que son los propulsores de la liberalización.

El poder tecno-científico que afianza la globalización, es solo alcanzado por los estados industrializados que ostentan el 96% de las patentes del mundo, así como en el hecho de que 10 grandes corporaciones controlan el 84% de la I+D en altas tecnologías.

Otro efecto negativo, es que la relocalización de empleos ha provocado bajos costos salariales, maquilas en los países más pobres del mundo. Esta cifra lo dice todo: 100 grupos industriales mundiales ocupan a unas 14 millones de personas.

América Latina, como otras regiones en vías de desarrollo, entra al juego de la competitividad sin mayores oportunidades. Solo la experiencia de años de incorporarse a este sistema y la fortaleza de estas naciones en las negociaciones de tratados de libre comercio, le han suscrito beneficios directos dentro de la economía mundial.

Las pequeñas y micro-empresas de la región tienen como única salida producir más valor agregado en sus productos para ser competitivos, fortalecer sus sistemas productivos, innovar sus aparatos tecnológicos, invertir en capacitación, y ante todo no olvidarse de los otros: sus vecinos; ésta es nuestra diferencia frente al primer mundo.


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